Solo hijos.
Se acercó.
—Elena.
—¿Sí?
—Fui un idiota.
—Eso ya lo sabíamos.
Se rio.
Luego se puso serio.
—Gracias por no enseñarles a odiarme.
Negué.
—No lo hice por ti.
Miré a Martina.
—Lo hice porque ellas merecían crecer sin cargar nuestras guerras.
Nunca volvimos.
Nunca hubo una escena romántica donde Álvaro descubriera que siempre me había amado.
Nuestro matrimonio había terminado.
Pero, con mucho trabajo, dejó de ser un mal padre.
Y eso era más importante para nuestras hijas que cualquier reconciliación.
El día del divorcio creyó que podía entregarme a Martina y Lucía como si fueran dos maletas porque estaba a punto de recibir el hijo que realmente importaba.
Horas después descubrió que ni siquiera sabía con certeza quién era el padre de aquel bebé.
Y cuando llegó a la base y escuchó a un oficial llamarme “mi coronel”, pensó que esa era la gran revelación.