Fruncí el ceño.
—¿Qué?
—Dijo que prácticamente habías abandonado el matrimonio. Que tu carrera siempre había sido más importante que ellas.
Sentí una rabia lenta.
—¿Y le creíste?
—Sí.
Claudia empezó a llorar.
—También me dijo que tú estabas de acuerdo con que las niñas vivieran principalmente contigo porque él quería empezar una nueva familia.
Comprendí entonces que Álvaro había contado historias diferentes a cada mujer para evitar parecer responsable de ninguna decisión.
—¿Por qué me dices esto?
—Porque ahora está haciendo conmigo lo mismo.
El bebé podía ser suyo o no, y Álvaro había pasado de llamarlo “mi heredero” a hablar de él como “ese niño” hasta tener una prueba.
La historia se repetía.
Solo cambiaba el bebé.
La paternidad se determinó después del nacimiento mediante los procedimientos correspondientes.
El niño era de Álvaro.