“¿Qué haces ahí parada? ¡Salva a mi esposo!”, me gritó una embarazada de ocho meses cuando trajeron a un accidentado al hospital. Reconocí la cicatriz de su mano: era mi marido de 20 años, que llevaba días mintiéndome sobre un viaje. No levanté la voz. Cuando supe que sobreviviría, respondí: “La buena noticia es que vivirá. La mala…”. Y saqué el documento que cambiaría todo.

Media hora después apareció doña Graciela con un bolso apretado contra el pecho.

—¡Cristinita, gracias a Dios estás aquí! —exclamó—. Tú eres fuerte. Vas a sacarlo adelante, ¿verdad?

En ese instante Evelyn pasó por el pasillo rumbo a Maternidad. Las dos se miraron. La cara de mi suegra cambió apenas un segundo: sorpresa, reconocimiento, preocupación. Luego apartó la vista.

—¿Quién es esa joven? —pregunté.

—Qué voy a saber yo. Alguna compañera del trabajo. Eduardo siempre ha sido muy servicial.

Antes de que pudiera contestar, una alarma sonó desde el área de choque. Eduardo había entrado en paro cardíaco.

Corrí con el equipo. Vi al médico iniciar las compresiones, a Dina preparar el material y al personal seguir las indicaciones sin vacilar. Yo acerqué lo necesario, despejé el paso y coordiné la llegada de los especialistas. Tras varios ciclos, el monitor volvió a mostrar un ritmo con pulso.

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