“¿Qué haces ahí parada? ¡Salva a mi esposo!”, me gritó una embarazada de ocho meses cuando trajeron a un accidentado al hospital. Reconocí la cicatriz de su mano: era mi marido de 20 años, que llevaba días mintiéndome sobre un viaje. No levanté la voz. Cuando supe que sobreviviría, respondí: “La buena noticia es que vivirá. La mala…”. Y saqué el documento que cambiaría todo.

PARTE 3

—Preparen líquidos, avisen a Trauma y pidan pruebas cruzadas —ordené.

—Jefa, si quiere, yo puedo… —murmuró Dina, una de las enfermeras.

—Tú sigue el protocolo. Llama al médico de guardia y dile que existe un parentesco. Que otro médico quede a cargo de las decisiones clínicas.

Era la única manera de mantener la cabeza fría. En Urgencias no podíamos perder segundos discutiendo mi matrimonio. Colaboré en las maniobras iniciales hasta que el equipo de reanimación asumió el control, y luego me aparté de cualquier decisión que pudiera comprometer mi juicio.

Evelyn entró detrás de la camilla tambaleándose.

—¡No se quede ahí parada! ¡Es el papá de mi niña!

—Está recibiendo atención. Usted también necesita que la revisen —le respondí—. Venía en el vehículo y está embarazada.

Se resistió hasta que una contracción dolorosa la hizo doblarse. Pedí que la trasladaran de inmediato a valoración obstétrica.

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