“¿Qué haces ahí parada? ¡Salva a mi esposo!”, me gritó una embarazada de ocho meses cuando trajeron a un accidentado al hospital. Reconocí la cicatriz de su mano: era mi marido de 20 años, que llevaba días mintiéndome sobre un viaje. No levanté la voz. Cuando supe que sobreviviría, respondí: “La buena noticia es que vivirá. La mala…”. Y saqué el documento que cambiaría todo.

—Es un hombre muy bueno. Hoy es mi cumpleaños. Yo insistí en que fuéramos a cenar. Tomó alcohol, pero dijo que podía manejar diez minutos. Se suponía que estaba en Irapuato, porque no quería que su ex se enterara antes de que terminaran los papeles.

—¿Y su familia sabe que ustedes se van a casar? —pregunté.

—Claro. Doña Graciela me ayudó a escoger la cuna. Ya conseguimos comprador para la casa de Atlixco; con ese dinero vamos a dar el enganche de nuestro departamento. Eduardo me dijo que su ex había heredado esa casa, pero que no quería hacerse cargo de ella. Que casi nunca estaba en casa y que no lo quería.

—¿Y usted cómo se llama? —preguntó al fin.

Saqué del bolsillo de mi filipina el brazalete que había dejado de usar desde septiembre y lo coloqué sobre la mesa. Su golondrina era idéntica a la que ella llevaba puesta.

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