—Cristina Morales. Soy la esposa legal de Eduardo. Llevamos veinte años casados. Esa es la mala noticia.
—Eso no puede ser. Me dijo que estaban divorciándose, que solo faltaba una firma.
—No me pidió el divorcio. Lo presenté yo esta semana, cuando descubrí lo de ustedes y la venta de mi casa.
—Pero doña Graciela…
—Sí. Ella sabe perfectamente quién soy. La casa no era de Eduardo ni de su madre. Era de mi mamá. Mi esposo utilizó un poder que yo le di para trámites y la vendió a su madre sin entregarme el dinero. La operación ya está impugnada y hay una medida judicial que impide disponer del inmueble por ahora.
—Me dijo que usted era fría, que nunca lo acompañaba, que solo le importaba el hospital.
—Trabajé noches enteras para comprarle su primera camioneta. Pagué las mensualidades de nuestro departamento, los estudios de nuestro hijo y las medicinas de su madre. Y cuando mi mamá estaba muriéndose, él no fue ni una vez a ayudarme a cuidarla.