“¿Qué haces ahí parada? ¡Salva a mi esposo!”, me gritó una embarazada de ocho meses cuando trajeron a un accidentado al hospital. Reconocí la cicatriz de su mano: era mi marido de 20 años, que llevaba días mintiéndome sobre un viaje. No levanté la voz. Cuando supe que sobreviviría, respondí: “La buena noticia es que vivirá. La mala…”. Y saqué el documento que cambiaría todo.

—Si no hubieras insistido en salir aquella noche, yo todavía tendría mi trabajo.

Meses más tarde Evelyn empeñó la golondrina de oro para comprar pañales. Me enteré después y no sentí alegría. El brazalete no había sido una promesa de amor para ninguna de las dos. Había sido una manera de hacernos creer que éramos irremplazables.

El siguiente febrero nos encontramos en el juzgado. Liliana la había citado para declarar acerca de los regalos, el dinero y los preparativos de la venta. Evelyn llegó con Renata en brazos. Estaba cansada, con la blusa manchada de leche y los ojos hundidos.

—Perdón por aquella noche —murmuró—. Yo de verdad no sabía todo.

—Lo sé. Pero ahora sí sabes con quién estás tratando. Puedes exigir que Eduardo cumpla sus obligaciones con su hija.

Le anoté el teléfono de un centro de apoyo a mujeres y el de una asesoría jurídica gratuita. No era mi amiga y quizá nunca lo sería. Su hija, sin embargo, merecía una oportunidad distinta.

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