El proceso no terminó de un día para otro. Hubo peritajes, audiencias, estados de cuenta y meses de espera. Finalmente se declaró inválida la operación con la que habían puesto la casa a nombre de doña Graciela. El inmueble regresó a mi patrimonio.
En la liquidación de nuestros bienes matrimoniales también se reconocieron mis aportaciones al departamento y se fijó una compensación económica. Eduardo tuvo que venderlo para cumplir con lo ordenado. La denuncia por el uso fraudulento del poder siguió su propio camino y tuvo consecuencias legales para él.
Cuando fui a Atlixco, Santiago me acompañó. Abrimos las ventanas y dejamos entrar el olor de los árboles de limón. La máquina de coser de mi madre seguía en un rincón, cubierta con una sábana. En una de las ventanas faltaba una de las golondrinas talladas por mi papá.