—Podemos mandar a hacer otra —dijo mi hijo.
—Sí —contesté—. Pero esta vez nadie va a arrancarla sin preguntarme.
Me senté en el escalón de la entrada y lloré por primera vez desde septiembre. No lloré por Eduardo. Lloré por la mujer que había sido, por tantas veces que confundí aguantar con amar, por la casa que estuvo a punto de desaparecer de nuestra familia.
Dos años después sigo trabajando en el hospital, ahora coordinando al personal de enfermería. Volví a usar mi apellido de soltera: Cristina Zúñiga. Santiago está por terminar la universidad y viene a verme los domingos con la excusa de que nadie prepara chilaquiles como yo.
No vendí la casa de Atlixco. Los sábados reúno ahí a personas que cuidan familiares enfermos y les enseño, sin cobrar, a movilizar a alguien sin lastimarlo, a reconocer señales de alarma y a pedir ayuda antes de agotarse. Empezamos con cuatro mujeres; ahora a veces tenemos que sacar sillas al patio.