“¿Qué haces ahí parada? ¡Salva a mi esposo!”, me gritó una embarazada de ocho meses cuando trajeron a un accidentado al hospital. Reconocí la cicatriz de su mano: era mi marido de 20 años, que llevaba días mintiéndome sobre un viaje. No levanté la voz. Cuando supe que sobreviviría, respondí: “La buena noticia es que vivirá. La mala…”. Y saqué el documento que cambiaría todo.

Una Navidad me regaló un brazalete con una pequeña golondrina de oro. Lloré creyendo que recordaba a mis padres.

En septiembre, mientras revisaba mis obligaciones del predial, descubrí que la casa ya no aparecía a mi nombre. Pedí una copia de la escritura en el Registro Público y el estómago se me heló.

Eduardo, actuando como mi apoderado, había vendido la propiedad a doña Graciela por setecientos mil pesos. La escritura declaraba el precio pagado. Yo no había recibido un centavo. Un valuador calculó que la casa y el terreno valían cerca de tres millones ochocientos mil.

Busqué a Liliana Castañeda, una abogada a cuyo padre había cuidado años atrás en Urgencias. Revisó los documentos y me habló con claridad:

—Esto se puede impugnar, pero necesitamos pruebas. No lo enfrentes todavía. Podrían intentar revenderla.

Fui a Atlixco. En la reja de la casa colgaba un anuncio de SE VENDE. Llamé fingiendo ser compradora.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *