Una Navidad me regaló un brazalete con una pequeña golondrina de oro. Lloré creyendo que recordaba a mis padres.
En septiembre, mientras revisaba mis obligaciones del predial, descubrí que la casa ya no aparecía a mi nombre. Pedí una copia de la escritura en el Registro Público y el estómago se me heló.
Eduardo, actuando como mi apoderado, había vendido la propiedad a doña Graciela por setecientos mil pesos. La escritura declaraba el precio pagado. Yo no había recibido un centavo. Un valuador calculó que la casa y el terreno valían cerca de tres millones ochocientos mil.
Busqué a Liliana Castañeda, una abogada a cuyo padre había cuidado años atrás en Urgencias. Revisó los documentos y me habló con claridad:
—Esto se puede impugnar, pero necesitamos pruebas. No lo enfrentes todavía. Podrían intentar revenderla.
Fui a Atlixco. En la reja de la casa colgaba un anuncio de SE VENDE. Llamé fingiendo ser compradora.