El jueves por la tarde supimos que la medida sobre la casa había sido concedida. Eduardo aún no sabía nada.
Esa noche entré a mi guardia sintiendo, por primera vez en meses, que podía respirar.
Hasta que llegó la ambulancia.
Reconocí la mano de Eduardo. Y cuando la muchacha embarazada me gritó que era su esposo, distinguí en su muñeca una golondrina de oro idéntica a la que él me había regalado.
No solo me había robado la casa: había comprado el mismo símbolo de amor para las dos.
Y mientras los médicos luchaban por mantenerlo con vida, comprendí que aquella noche tendría que mirar a los ojos a las dos mujeres involucradas en mi desgracia.
Una todavía no sabía quién era yo.
La otra estaba a punto de descubrir que ya no podía seguir engañándome.