Regresé a la vieja finca de mis padres con mi esposo millonario, lista para ocultar la pobreza que siempre me había avergonzado, pero él reconoció a mi padre de inmediato.

Julián estaba sentado bajo una parra con una camisa vieja remendada en el codo. Mercedes salía de la cocina cargando una fuente de migas.

En la mesa de madera había tomate aliñado, queso, aceitunas, pan y una cazuela de barro.

Lucía miró su vestido de 900 euros. Luego el reloj de Álvaro. Pensó en el ático de Madrid donde recibían a inversionistas y en todas las veces que había logrado cambiar de tema cuando alguien preguntaba por sus padres.

Mercedes dejó la fuente. —Mi niña. Abrió los brazos. Lucía correspondió al abrazo, pero se separó demasiado pronto.

Lo supo en cuanto vio la cara de su madre. Julián se levantó despacio. —Así que tú eres Álvaro.

Lucía volteó hacia su esposo, esperando esa pequeña incomodidad que había temido durante todo el viaje.

Pero ocurrió algo completamente distinto. Álvaro dejó de caminar. Miró a Julián. Luego a Mercedes.

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