Regresé a la vieja finca de mis padres con mi esposo millonario, lista para ocultar la pobreza que siempre me había avergonzado, pero él reconoció a mi padre de inmediato.

Y volvió a fijarse en Julián. —Perdone… ¿Julián Romero? El padre de Lucía entrecerró los ojos.

—Depende de quién pregunte. La maleta se le resbaló a Álvaro de la mano. Cayó al suelo.

Lucía dio un paso hacia él. —¿Qué pasa? Álvaro parecía no escucharla. —Yo he visto una fotografía suya durante toda mi vida.

Lucía soltó una risita nerviosa. —¿Una foto de mi papá? —Mi padre la guardaba en la caja fuerte de su despacho.

Ahora Lucía miró a sus padres. Esperaba desconcierto. Una pregunta. Cualquier señal de que aquello también los había tomado por sorpresa.

No la hubo. Mercedes tomó aire y regresó a la mesa. Julián bajó la vista hacia la maleta caída.

—Tu padre nunca tiraba nada importante —dijo. —¿Lo conocía? —preguntó Álvaro. Julián no respondió enseguida.

Lucía sintió cómo la vergüenza que había cargado durante años empezaba a transformarse en otra cosa.

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