Regresé a Valencia sin avisar y oí a mi padre pedir permiso para sentarse a la mesa que habían preparado.

Entonces, Nicolás encontró un poder notarial de hacía ocho meses.

Autorizaba a Javier a actuar en nombre de Manuel en determinadas operaciones financieras y le daba acceso a cuentas vinculadas a la casa.

Al pie del documento figuraba una firma.

Nicolás se la mostró a su padre.

—Papá, ¿es tu firma?

Manuel la observó durante varios segundos.

—Se le parece.

—No te pregunto si se parece a la tuya. Te pregunto si la firmaste tú.

El anciano levantó la vista.

—No. No la firmé yo.

Carmen se llevó la mano a la boca.

Manuel había firmado documentos durante más de cincuenta años.

Sabía exactamente cómo sostenía el bolígrafo, cómo terminaba la última letra y cómo había aparecido un ligero temblor tras una antigua lesión en la muñeca.

Una imitación podía reproducir la forma general de su firma.

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