Regresé por mi pasaporte y escuché a mi madre gritar: “¡no me pegues más!” Mi prometida perfecta, el ángel con el que iba a casarme, la tenía tirada en la cocina con el bastón roto. Cuando abrí su carpeta blanca entendí que quería matarla para quedarse con todo.

Pero mi madre se callaba. Siempre se callaba. Porque así son las madres mexicanas. Se aguantan todo con tal de no arruinarle la felicidad al hijo.

Una noche la encontré llorando en su cuarto, sobándose la rodilla. “¿Qué tienes, ma?” “Nada, mijo. Es que tu novia me dijo que ya estoy muy grande para andar estorbando en esta casa tan bonita. Pero no le hagas caso, mientras tú seas feliz, yo aguanto lo que sea”, me dijo con una sonrisa que me rompió el alma. Y yo, en lugar de abrir los ojos, le dije que Valeria estaba estresada por la boda.

Hasta ese martes. Tenía el vuelo a Monterrey para cerrar el contrato más importante de mi vida, uno de cuarenta millones de pesos. Valeria me planchó la camisa, me ajustó la corbata en la entrada. “Vete tranquilo, mi vida. Tu mamá queda en las mejores manos. Yo la cuido como si fuera mía”. Mi madre me dio la bendición, me hizo la señal de la cruz en la frente. La abracé y sentí sus huesitos frágiles. Me miró como si quisiera decirme algo urgente, pero se lo tragó. Se le llenaron los ojos de lágrimas.

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