Regresé por mi pasaporte y escuché a mi madre gritar: “¡no me pegues más!” Mi prometida perfecta, el ángel con el que iba a casarme, la tenía tirada en la cocina con el bastón roto. Cuando abrí su carpeta blanca entendí que quería matarla para quedarse con todo.

Ya no era mi prometida perfecta. Era una desconocida. Era el monstruo que vivía bajo mi propio techo.

Y no podía creer lo que estaba a punto de pasar…

—Valeria.

Mi voz sonó grave, baja, como si no fuera mía. Ella dio un salto como si hubiera visto un muerto. Se volteó y todo el color se le fue de la cara.

—Mi amor… tú… no debías regresar. Tu vuelo…

Miré a mi madre en el piso. Tenía el labio partido, una marca roja enorme en la mejilla, temblaba. Luego miré el bastón roto. Luego las pastillas de la presión regadas entre los vidrios.

—¿Cuánto tiempo llevas haciendo esto? —le pregunté.

Abrió la boca. La cerró. En dos segundos intentó montar su teatro de niña bien. Se puso a llorar, se llevó las manos a la cara.

—No es lo que parece, Daniel. Tu mamá se cayó sola, yo solo estaba tratando de levantarla, se puso agresiva…

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