Regresé por mi pasaporte y escuché a mi madre gritar: “¡no me pegues más!” Mi prometida perfecta, el ángel con el que iba a casarme, la tenía tirada en la cocina con el bastón roto. Cuando abrí su carpeta blanca entendí que quería matarla para quedarse con todo.

Me subí a la camioneta. Ya iba sobre Periférico cuando metí la mano al portafolio. Mi pasaporte no estaba. Lo había dejado en el escritorio de mi estudio.

Le grité al chofer: “¡Regrésate en chinga, se me olvidó el pasaporte!”.

Quince minutos después entré por la puerta lateral, sin tocar, sin avisar. La casa estaba en un silencio raro. Ni la tele de mi mamá, ni su radiecito con José José. Solo un golpe seco. Luego otro. Y luego ese grito que me va a perseguir toda la vida.

“¡No me pegues más, por favor!”

Corrí descalzo hacia la cocina sin respirar. Y lo que vi me heló la sangre. Mi madre tirada en el suelo, junto a la despensa, con su bastón roto en dos, café tirado por todos lados, una taza de talavera hecha pedazos. Y sobre ella, de pie, con la mano levantada para volver a pegarle, con la cara desencajada por el odio, Valeria.

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