La abrí con las manos temblorosas.
Adentro había una solicitud de ingreso para la residencia de ancianos más cara de Querétaro, a cuatro horas de la CDMX. Ya estaba llenada. Con el nombre de mi madre: Clara Hernández viuda de Robles. Fecha de ingreso: el lunes siguiente a mi boda. Pagada por seis meses por adelantado.
Y debajo, otro documento. Un poder notarial. Donde yo supuestamente le autorizaba a Valeria a tomar todas las decisiones médicas y patrimoniales sobre mi madre durante mis viajes. Con mi firma falsificada. Perfectamente falsificada.
Sentí que la sangre me hervía en la cabeza.
—¿Qué es esto, Valeria?
Dejó de fingir. Así, de golpe. Su mirada dulce se endureció como piedra.
—Tu madre no me iba a dejar vivir en paz, Daniel. Nunca.
—Es mi madre.
—¡Exacto! ¡Siempre tu madre! ¡Tu santa madre! ¡Tu reina! ¡Tu doña Clarita! ¿Y yo qué? ¿Se supone que debo aceptar que una vieja sirvienta con olor a VapoRub y a frijoles viva en mi casa de Las Lomas? ¡Esta iba a ser MI casa! ¡Yo no me casé contigo para ser enfermera de una señora que ni del baño se puede levantar sola!