Todo mi interior se llenó de una furia fría y filosa. Ya no grité. Saqué el celular para marcar al 911.
Valeria se me aventó encima.
—¡No te atrevas, pendejo!
Pero antes de que me tocara, mi madre levantó una manita temblorosa y me jaló de la camisa.
—Hijo… hay algo más —me dijo con un hilo de voz y señaló hacia arriba, a la esquina de la cocina.
Ahí estaba. La camarita que yo había instalado hace seis meses para ver si la muchacha hacía bien el aseo. Valeria creía que estaba desconectada porque yo mismo le dije que la había quitado porque no servía.
—Lo grabó todo —susurró mi madre—. Desde el primer día, mijo. Todo lo guarda en tu celular.
Valeria se puso pálida como papel.
Y justo en ese momento, mi teléfono vibró en mi mano. Era un mensaje de un número desconocido que nunca había visto.