Ricardo Prometió Mi Oficina por Seis Meses. Su Firma Terminó Costándole la Casa.

—Él me dijo que estaban casados y que aquí decidían los dos —replicó Ximena.

—Estamos casados —dije—. La segunda parte te la inventó.

Guadalupe tomó a su hija del brazo.

—¿Sabías que la casa era de Mariana?

Ximena tardó en responder.

—Ricardo dijo que la habían pagado entre los dos.

Sentí que Ricardo se movía a mi lado. No para acercarse a mí, sino para comprobar si lo había oído.

—La compré antes de casarme —dije—. Con el dinero de la venta de mi empresa.

Ximena lo miró. Él levantó las manos.

—Siempre hablábamos de esta casa como nuestra.

Era cierto. Nunca le corregí cuando se lo decía a sus amigos o cuando discutíamos qué hacer con el patio. Había espacio para los dos en esa palabra. No lo había para prometerle a alguien más mi lugar de trabajo.

Uno de los cargadores carraspeó.

—Señora, nosotros tenemos otro servicio. ¿Bajamos lo que falta o volvemos a cargar?

Ximena giró hacia la camioneta. Dentro se veían bolsas de ropa, dos paquetes de pañales y una sillita para el coche. Lo que había traído alcanzaba para una mudanza, no para una visita.

—Vuelvan a cargarlo —contesté.

—Un momento —dijo Ricardo.

Me di la vuelta hacia él.

—Ya llevas diez meses tomando decisiones sin mí. Ésta la tomo yo.

El cargador esperó unos segundos, mirando de uno a otro, y finalmente levantó la cuna.

Ricardo me siguió al interior cuando entré por un vaso de agua. El piso de la cocina estaba fresco bajo mis pies; afuera, el sol empezaba a calentar los mosaicos del patio. Cerró la puerta corrediza detrás de él, aunque las voces seguían oyéndose a través del vidrio.

—No puedes dejar a una mujer con un bebé en la calle —dijo.

—Tiene camioneta, tiene a Guadalupe y tiene a su amigo que le prometió alojamiento.

—Ya sabes que no puedo meterla en mi departamento. Lo renté cuando nos casamos.

—Entonces tendrás que conseguirle otro lugar.

Se recargó en el fregadero, furioso.

—Te estás vengando porque hice unos movimientos con la cuenta.

La manera en que dijo *unos movimientos* me dejó el vaso detenido a medio llenar. Cerré la llave.

—Setenta y un mil cuatrocientos dólares, Ricardo.

Por primera vez desde que llegó Fernanda, perdió la expresión de hombre al que estaban tratando injustamente. Miró hacia el patio. Fernanda hablaba con Ximena y Guadalupe junto a las cajas.

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