Ricardo Prometió Mi Oficina por Seis Meses. Su Firma Terminó Costándole la Casa.

La primera en preguntar qué iba a pasar con el bebé fue Ximena. La cuna portátil seguía a medio bajar de la camioneta, y su pregunta quedó suspendida entre las cajas, las flores que yo había comprado y el documento que Fernanda sostenía en el patio.
Ricardo no contestó. Me miró a mí, esperando que hiciera lo de siempre: resolver el problema que él había creado para que nadie más se incomodara.
—Tu bebé no tiene la culpa de nada —le dije a Ximena—. Pero eso no significa que puedas vivir aquí.
Guadalupe, que hasta entonces había permanecido junto a la mesa de jardín con su lista de compras, se acercó.
—Venimos desde temprano. Por lo menos dejen que pasemos las cosas mientras hablan.
Señaló las cajas con la barbilla. Los cargadores nos observaban sin disimulo; uno sostenía todavía una de las patas de la cuna.
—No metan nada más —les pedí.
Ricardo soltó una risa seca.
—Mariana, estás armando un espectáculo.
Miré el bolso de pañales que Ximena me había puesto en las manos al entrar. Seguía sobre una silla, donde lo dejé en cuanto intentó quedarse con mi oficina.
—El espectáculo empezó cuando le ofreciste mi casa sin preguntarme.
Cinco semanas antes, una alerta del banco me había despertado a las dos y diecisiete de la madrugada. Dieciocho mil quinientos dólares transferidos a MBR Wellness Group. Pensé primero que se trataba de un error. Luego encontré otros pagos: 6,200, 9,800, 12,000. Había sumado las salidas tres veces, con la laptop sobre las rodillas y el cuarto a oscuras, antes de aceptar la cifra: 71,400 dólares en diez meses.
Cuando Ricardo despertó, yo ya había decidido no preguntarle nada todavía. Conocía su manera de responder. Primero diría que yo había entendido mal; después, que no confiaba en él. Terminaríamos discutiendo sobre mi tono en vez de hablar del dinero.
Por eso llamé a Fernanda.
Ella me había acompañado años antes en la venta de mi participación en una empresa de software médico. Recordaba bien aquella época: carpetas apiladas en mi comedor, cafés que se enfriaban sin que ninguna de las dos los tocara y su insistencia en que leyera hasta el último anexo antes de firmar. Gracias a esa venta compré la casa de Guadalajara, dos años antes de conocer a Ricardo.