Fernanda no comentó la escena. Extendió el acuerdo sobre la mesa de la cocina y puso junto a él mis comprobantes bancarios.
—Hay cosas que podemos atender hoy —dijo—. Lo demás va a llevar tiempo.
Mi celular vibró con un mensaje de Ximena: *El bebé tiene sus cosas en la camioneta. No esperaba terminar buscando hotel*. Lo leí dos veces. Luego escribí: *Lamento que tengas que cambiar tus planes. La casa no estaba disponible para que vivieran aquí*. Antes de enviarlo, se lo mostré a Fernanda.
—Está bien —dijo.
Apreté enviar.
Esa tarde fui al banco. El aire acondicionado estaba tan fuerte que agradecí haber llevado un suéter. Fernanda me acompañó para pedir estados de cuenta, preguntar por los movimientos y asegurarme de que Ricardo no pudiera seguir usando mis accesos personales. La cuenta era conjunta; nadie iba a deshacer las transferencias porque yo las desconociera dentro de mi matrimonio. La empleada nos explicó qué podía solicitar y qué requería la intervención o la firma de ambos.