Me habría gustado que existiera un botón para separar lo mío de lo que Ricardo ya había movido. No existía. Salí con documentos, folios de aclaración y una cita para volver el lunes.
En el camino compré dos cerraduras. El ferretero me enseñó modelos que podían instalarse sin cambiar toda la puerta. Elegí una para mi oficina. La otra quedó en la bolsa: si Ricardo y yo no lográbamos hablar sin que él volviera a disponer de la casa, tendría que decidir algo más grande que cambiar un picaporte.
Al llegar, encontré su coche en la entrada. Había preparado café y colocado dos tazas sobre la mesa, como hacía cada vez que quería empezar de nuevo sin referirse a la discusión anterior.
—No te contestó el teléfono —dijo.
—Estaba ocupada.
Vio la bolsa de la ferretería.