—¿Vas a encerrarte para que no pueda hablar contigo?
—Voy a cerrar mi oficina.
—No iba a meter a Ximena por la fuerza.
—Ya le habías dicho que era suya seis meses.
Me senté. Ricardo empujó una taza hacia mí. El café estaba demasiado cargado; siempre olvidaba cuánto ponía yo en la cafetera.
—Sé que debí avisarte antes —dijo—. Se salió de control.
—Quiero saber cómo llegó a tus manos tanto dinero para dárselo sin que yo lo supiera.
Bajó la vista al borde de su taza.
—Algunas transferencias salieron de lo que yo había depositado.
—Y otras, de lo que deposité yo. Por eso pedí los estados de cuenta.
—Íbamos a reponerlo.
—¿Cuándo?
No tuvo una fecha. Habló de clientes que MBR estaba por conseguir, de gastos necesarios al principio de cualquier negocio. Lo dejé terminar.
—¿Ximena sabía que no me habías preguntado?