Ricardo Prometió Mi Oficina por Seis Meses. Su Firma Terminó Costándole la Casa.

Ricardo tomó un trago y se quemó la lengua.

—Sabía que lo estaba resolviendo.

La frase me acompañó el resto de la noche. Yo había creído que me faltaban partes de la historia. En realidad, para Ricardo mi opinión era un trámite que podía dejar pendiente hasta después de firmar y pagar.

Instalé la cerradura de la oficina al día siguiente. Tardé más de una hora porque uno de los tornillos no quiso entrar derecho. Fernanda llamó mientras recogía las virutas de madera del piso. Ximena le había enviado fotografías de los documentos donde figuraba mi dirección: registros de su empresa, facturas y material que ya había entregado a clientes.

—Puede corregirlo —me dijo Fernanda—. Pero tendrá que hacerlo y dejar constancia. No basta con que nos prometa por teléfono que dejará de usarla.

Anoté cada sitio donde aparecía la casa. En una factura había incluso instrucciones para encontrarla: *portón negro, calle arbolada*. Imaginé a un cliente de MBR tocando el timbre mientras yo estaba en una videollamada de trabajo.

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