El lunes, Ximena llegó sola al despacho de Fernanda. Traía una carpeta abultada y una mancha de leche seca en la manga. Dijo que Guadalupe se había quedado con el bebé en el hotel.
Ricardo me había escrito esa mañana: *No vayas a firmar nada sin mí*. Le respondí que no iba a firmar nada que no entendiera. Guardé el teléfono antes de entrar.
Ximena se sentó frente a mí, sin quitarse el bolso del hombro.
—Ya pedí que cambien la dirección del material nuevo —dijo—. Los trámites van a tardar.
—Mándanos los comprobantes de cada solicitud —pidió Fernanda.
Ximena abrió la carpeta con fuerza. Había apartado recibos, facturas de equipo y una relación de gastos. Me señaló un renglón.
—El dinero no se evaporó, Mariana. Aquí está lo que se compró.
Vi una camilla plegable, material para talleres, publicidad y pagos de servicios. También había meses en que la cifra recibida de nuestra cuenta superaba por mucho los gastos que había marcado. No tenía cómo juzgar toda la contabilidad en una tarde, y Fernanda tampoco fingió que podía hacerlo de un vistazo.