Guadalupe asomó la cabeza en ese momento. El bebé empezaba a inquietarse en la carriola y Ximena salió a darle el biberón. La reunión quedó en pausa. Oí su voz suave en recepción, hablándole al niño, y la respuesta de Guadalupe preguntando dónde había puesto una servilleta.
Ricardo aprovechó para inclinarse hacia mí.
—Si retiraras el reclamo por el dinero, todavía podríamos arreglar lo nuestro —susurró.
Miré las dos tazas de agua frente a nosotros. La mía casi vacía; la suya intacta.
—¿Me estás ofreciendo seguir casado conmigo si dejo de pedirte que respondas por lo que hiciste?
—Te estoy diciendo que no hagas más grande el problema.
—Ya es grande.
Se recostó en la silla. Fernanda, que había escuchado, no intervino. Nunca necesitó hablar por mí.
Cuando Ximena volvió, aceptamos dejar por escrito las acciones sobre la dirección y los documentos que cada quien entregaría respecto al dinero. Ricardo no quiso firmar un plan de devolución ese día. Fernanda se lo dejó claro: que la conversación terminara no significaba que el reclamo terminara.