Salimos al estacionamiento bajo un sol blanco que hacía relucir los parabrisas. Guadalupe acomodó al bebé en la sillita y Ximena guardó su carpeta en la cajuela. Ricardo caminó detrás de ellas, hablándole a Ximena en voz baja. Ella negó con la cabeza y subió al lado del conductor. Por primera vez él no tenía a ninguna de las dos mujeres a quienes había prometido cosas esperando instrucciones suyas.
Los meses siguientes fueron menos vistosos que aquel sábado en el patio. Hubo citas con Fernanda, estados de cuenta que distinguir y conversaciones difíciles sobre la separación. Hubo también mañanas normales: barrí las hojas que caían del árbol de la banqueta, terminé la entrega para el hospital y cambié las flores marchitas de un florero que nadie más había mirado.
Ricardo volvió por sus cosas dos veces, siempre a la hora acordada. La primera tomó ropa, libros y una caja con cables que guardaba en el cuarto de visitas. La segunda quiso llevarse una lámpara que habíamos comprado juntos. Se la di. Discutimos por una cafetera y al final la dejó sobre la barra.