Una semana después, Fernanda me llamó. Habían llegado los últimos documentos que necesitaba para preparar la reclamación. Me pidió que pasara a revisarlos y a firmar únicamente lo que estuviera de acuerdo en solicitar. Fui un martes, después de trabajar.
Reconocí el sobre en cuanto lo vi sobre su escritorio. Era el mismo que había llevado al patio: la firma de Ricardo al frente, la esquina un poco doblada. Fernanda había extendido el acuerdo abierto por las páginas que Ximena señaló durante la última reunión.
—Antes de avanzar, quiero que leas esto completo —dijo.
No había una nueva empresa ni una cuenta secreta escondida al final. Era el mismo acuerdo con el que Ricardo pretendió entregar mi oficina. Leí despacio el apartado sobre el espacio alternativo y los gastos que él asumiría si no podía proporcionar el domicilio prometido. Estaba redactado en palabras más precisas que las que Ximena había usado en la reunión. No convertía a mi casa en garantía de nada. Dejaba a Ricardo respondiendo por una promesa hecha sin que la propietaria la aceptara.