Ricardo Prometió Mi Oficina por Seis Meses. Su Firma Terminó Costándole la Casa.

—No necesito la cafetera —dijo.

—Entonces no la cargues.

No hubo una escena memorable. Estaba cansada, él también. Firmamos recibos de las cosas que retiró porque ya habíamos aprendido lo que pasaba cuando Ricardo confiaba en que todos recordaríamos un acuerdo de la misma manera.

Ximena fue enviando las constancias de cambio de domicilio. La última llegó una tarde de lluvia, cuando el agua resbalaba por los vidrios de mi oficina y yo revisaba un presupuesto. Fernanda confirmó que habíamos recibido lo solicitado. Aún tenía que seguir el reclamo por el dinero; 71,400 dólares no regresaban porque Ximena cambiara una dirección, y yo no iba a decir lo contrario.

Ese día, al cerrar la laptop, encontré un mensaje antiguo de Ricardo en nuestro chat. Era de meses antes de la mudanza frustrada: *Voy a llegar tarde. No me esperes para cenar*. En la fecha de ese mensaje había salido uno de los pagos a MBR. Lo borré de la pantalla sin tomarle una fotografía. Los movimientos ya estaban documentados. No necesitaba conservar cada mentira para saber por qué nos habíamos separado.

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