—Él sabía que podías decir que no —dije.
Fernanda señaló la fecha.
—Lo contempló tres meses antes de que Ximena llegara.
Me quedé mirando la firma. Durante semanas había pensado que Ricardo trajo a Ximena con su bebé para ponerme en una situación imposible: aceptar lo que él había hecho o quedar yo como la persona que los dejaba afuera. El papel mostraba hasta dónde había llevado ese cálculo. Sabía que mi consentimiento era necesario; aun así prefirió apostar a que, con la mudanza ya en mi puerta, me daría vergüenza negarme.
—Si yo hubiera cedido —dije—, él se ahorraba cumplir lo que le prometió a Ximena.
—Y tú cargabas con las consecuencias de ambos acuerdos —respondió Fernanda.
Firmé la autorización para seguir con mi reclamación. No sabía cuánto tardaría en recuperar el dinero ni qué parte podríamos obtener. Fernanda nunca me vendió una victoria inmediata. Sí sabía que la casa seguía siendo mía, que mi dirección estaba saliendo de los trámites de MBR y que Ricardo ya no podía decidir por mí mientras yo fingía que sólo buscaba ayudar a una amiga.