Uno de los cargadores carraspeó.
—Señora, nosotros tenemos otro servicio. ¿Bajamos lo que falta o volvemos a cargar?
Ximena giró hacia la camioneta. Dentro se veían bolsas de ropa, dos paquetes de pañales y una sillita para el coche. Lo que había traído alcanzaba para una mudanza, no para una visita.
—Vuelvan a cargarlo —contesté.
—Un momento —dijo Ricardo.
Me di la vuelta hacia él.
—Ya llevas diez meses tomando decisiones sin mí. Ésta la tomo yo.
El cargador esperó unos segundos, mirando de uno a otro, y finalmente levantó la cuna.
Ricardo me siguió al interior cuando entré por un vaso de agua. El piso de la cocina estaba fresco bajo mis pies; afuera, el sol empezaba a calentar los mosaicos del patio. Cerró la puerta corrediza detrás de él, aunque las voces seguían oyéndose a través del vidrio.
—No puedes dejar a una mujer con un bebé en la calle —dijo.