Mientras tanto, Clara y Olivia se volvían inseparables. Olivia le enseñó a cocinar sus recetas de familia; Clara le devolvió la costumbre de reír en la mesa. Las vigilancias del sedán gris eran de Ramiro, que había querido protegerla desde que supo quién era.
La justicia, al fin
En la audiencia, Ramiro presentó los documentos y Gonzalo Pierce confesó. La condena de Clara fue anulada. Gabriel y Mónica fueron sentenciados por fraude y falsificación. Mónica gritaba que todo era un error, pero ya nadie le creía.
Clara recuperó su empresa, aunque no volvió a ocupar su antigua casa. Se quedó con Olivia, a quien empezó a llamar «mamá Olivia». Y poco a poco, entre cafés y conversaciones sobre números, empezó a mirar de otra manera a Ramiro. Dos años después, él le pidió una cita formal. Ella aceptó.