Me senté en la escalera de emergencia del hospital y saqué del fondo de mi bolsa un teléfono viejo.
Llevaba cinco años apagado.
Lo encendí.
Aparecieron cientos de mensajes.
No abrí ninguno.
Busqué un solo contacto.
“Papá”.
Cinco años antes había gritado frente a él que amaba a Rodrigo, que no necesitaba su dinero ni su apellido y que jamás permitiría que interfiriera en mi matrimonio.
Mi padre me había contestado:
—Ese hombre no te ama. Ama lo que tu apellido puede abrirle.
Yo me marché de su casa con una maleta.
Nunca volví.
Hasta aquella madrugada.
Marqué.
Contestó al primer tono.
—¿Mariana?
La voz de Ignacio Salgado seguía siendo firme, aunque ahora sonaba más vieja.
Intenté hablar.
No pude.
Miré la almohada de Sofía.
—Papá… ven por mí.
Hubo un silencio.
—¿Y mi nieta?
Cerré los ojos.
—Sofía ya no está.
Escuché a mi padre contener la respiración.
Esperé reproches.
No llegaron.
Solo preguntó:
—¿Qué necesitas?
Miré hacia la puerta de la morgue.
—Quiero salir de aquí.
—Voy por ti.
Antes de colgar añadió:
—Mariana, dime una cosa. ¿Qué hizo Rodrigo?
Entonces comprendí que mi padre no me estaba preguntando por curiosidad.
Le conté del medicamento.
Del pago retenido.
De Valeria.
De las llamadas ignoradas.
Y de la absurda petición de Rodrigo sobre las córneas de Sofía.
Mi padre guardó silencio durante varios segundos.
—¿Qué quieres que haga?
Por primera vez en años mi voz salió completamente firme.
—Ciérrale todas las puertas que abrió usando nuestro apellido.
Mi padre respondió:
—Hecho.
Después colgó.
Bajé lentamente el teléfono.
En ese instante llegó un mensaje desde un número que yo todavía reconocía como el del abogado personal de mi padre.
Solo decía:
“Señora Mariana, su padre acaba de activar el expediente Cárdenas.”
Me quedé mirando la pantalla.
Yo nunca había oído hablar de ningún expediente.
Y todavía no podía imaginar lo que mi padre llevaba años guardando contra mi esposo.
PARTE 2
Cuarenta minutos después, Tomás, el hombre de confianza de mi padre desde que yo era adolescente, llegó por mí.
No hizo preguntas.
Solo me puso un abrigo sobre los hombros y abrió la puerta trasera del auto.
—Don Ignacio dijo que primero la llevara a casa.