Salí de la morgue abrazando la almohada de mi hija de 3 años cuando mi esposo llamó desde una fiesta: “El medicamento llega mañana; aprovecha y autoriza la donación de córneas”. Le respondí: “Ella murió a las 3:17”. Luego colgué, abrí un teléfono apagado durante 5 años y llamé a mi padre. Esa misma mañana, el imperio de mi esposo empezó a tambalearse.

—No.

Tomás me miró por el espejo.

—Llévame a Grupo Cárdenas.

Vaciló apenas un instante.

—Como usted diga.

Durante el trayecto, mi teléfono recibió un archivo enviado por mi padre.

Lo abrí.

Y entonces entendí lo que significaba “expediente Cárdenas”.

Mi padre llevaba casi tres años reuniendo información.

No porque planeara destruir a Rodrigo.

Porque nunca confió en él.

Grupo Cárdenas había crecido gracias a créditos, contactos y fondos de inversión en los que la familia Salgado había tenido una participación decisiva.

Después de que yo corté relación con mi padre, él se negó a intervenir en mi matrimonio, pero ordenó vigilar su dinero.

Y los números eran devastadores.

Viajes personales cargados como reuniones internacionales.

Departamentos rentados para ejecutivos inexistentes.

Relojes.

Joyas.

Hoteles.

Restaurantes.

Transferencias a sociedades relacionadas con Valeria Cortés.

Pero una operación me dejó sin aire.

La tarde anterior, mientras yo llamaba desesperada desde terapia intensiva, Valeria había autorizado novecientos cuarenta mil pesos del presupuesto corporativo para una celebración privada, ropa de diseñador y un par de mancuernillas de edición limitada para Rodrigo.

Diecinueve minutos después había rechazado por tercera vez los ciento ochenta mil pesos destinados al medicamento de Sofía.

Motivo:

“Gasto familiar extraordinario fuera del presupuesto autorizado.”

Seguí leyendo.

Había algo peor.

Valeria había recibido personalmente la alerta de la farmacéutica:

“Paciente pediátrica en riesgo. Suspensión del tratamiento superior a 48 horas puede comprometer la vida.”

Ella la abrió.

La leyó.

Y respondió:

“Esperar autorización de dirección general.”

La dirección general era Rodrigo.

Nunca respondió.

Cerré el documento.

—Tomás… ¿dónde están ahora?

—En el piso treinta y ocho. Hay una celebración para la licenciada Cortés.

—¿Celebración?

—Cerraron un contrato importante con un grupo hotelero. Según la invitación interna, Rodrigo planeaba reconocer públicamente “la entrega y sacrificio” de la licenciada.

Miré por la ventana.

Sofía llevaba menos de seis horas muerta.

Y su padre estaba brindando.

Al llegar a Santa Fe, Tomás abrió la cajuela y sacó una funda negra.

—Su padre pidió que le entregara esto.

Dentro había un traje sastre color negro, zapatos de tacón y una carpeta.

Me cambié en un baño privado del edificio.

Cuando salí, apenas reconocí a la mujer del espejo.

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