Tomé la fotografía de Sofía entre mis manos.
—Mamá llegó tarde contigo, mi amor —susurré—. Pero voy a intentar llegar a tiempo para otros.
Y por primera vez desde aquella madrugada en el hospital, lloré sin rabia.
Solo lloré como una madre.
Porque hay errores que no se pueden reparar.
Hay perdones que no devuelven una vida.
Y hay personas que descubren demasiado tarde que el dinero, el poder y el orgullo sirven de muy poco cuando la llamada que decidiste ignorar era la última oportunidad de escuchar a alguien que te amaba.