Salí de la morgue abrazando la almohada de mi hija de 3 años cuando mi esposo llamó desde una fiesta: “El medicamento llega mañana; aprovecha y autoriza la donación de córneas”. Le respondí: “Ella murió a las 3:17”. Luego colgué, abrí un teléfono apagado durante 5 años y llamé a mi padre. Esa misma mañana, el imperio de mi esposo empezó a tambalearse.

El coordinador me llamó.

—Mariana, son ciento sesenta mil pesos. Podemos esperar a mañana para reunir al comité.

Miré la fotografía de Sofía sobre mi escritorio.

—No.

—¿No autorizamos?

—No esperamos hasta mañana.

Firmé.

—Páguenlo hoy.

Esa madrugada me quedé sola en la oficina.

Saqué de mi cajón otra cuenta de plástico rosa que había comprado en la misma máquina del hospital antes de que la retiraran.

La puse junto a la fotografía de mi hija.

Durante mucho tiempo pensé que la justicia sería ver a Rodrigo perder su empresa, su dinero y a la mujer por la que había destruido su familia.

Me equivoqué.

Eso era consecuencia.

La justicia era otra cosa.

Era conseguir que otra madre no tuviera que llamar cuarenta y siete veces.

Era impedir que otro niño escuchara la promesa de que “mañana llegará el medicamento” cuando mañana podía ser demasiado tarde.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *