Se acercó a Mateo.
—Podemos negociar.
Mateo lo observó.
—Ayer querías comprar mi desaparición.
—Le devolveré sus acciones.
—No son tuyas para regalarlas.
—La dirección de la empresa, entonces.
—Tampoco.
—¿Qué quiere?
Mateo tardó unos segundos en responder.
—Quiero que la verdad llegue tan lejos como llegó la mentira.
Álvaro bajó la voz.
—Piense en Clara.
Mateo miró a su hija.
—Llevo 5 años pensando en ella.
Después se marchó.
No se quedó para contemplar cómo los socios rodeaban a Álvaro ni cómo los periodistas intentaban hacerle preguntas.
Tampoco quiso recoger los billetes que continuaban en el suelo.
Fuera del edificio, Clara caminó a su lado.
—¿Y ahora qué hacemos?
Mateo observó una cafetería al otro lado de la calle.
—Desayunar.
Ella sonrió sorprendida.
—¿Ahora?
—Hace 5 años que no desayuna con su hija.
Entraron.
Pidieron café, tortilla y tostadas.
Por primera vez desde que recuperó la libertad, Mateo dejó de pensar en tribunales.