—¿Quién es ella?
Rodrigo soltó una carcajada.
—Mi esposa. Aunque parece empleada doméstica, ¿verdad?
Todos rieron.
Mariana sintió una presión en el pecho.
Tres años antes habría respondido.
Ahora simplemente siguió caminando.
Más tarde, Rodrigo ya estaba borracho cuando la sujetó del brazo.
—Ven, cerdita. Hoy, porque estás cumpliendo treinta, te damos permiso de sentarte.
Teresa golpeó la silla junto a ella.
—Ándale. Para que luego no digas que somos malos contigo.
Mariana se sentó.
Entonces alguien llamó a la puerta.
Tres golpes firmes.
El comedor quedó en silencio.
—Ve a abrir —ordenó Teresa.
Mariana caminó por el pasillo.
Al abrir, dejó de respirar.
Frente a ella había un hombre alto, de hombros anchos, con algunas canas en las sienes.
A su lado esperaba otro hombre, moreno, de mirada tranquila, sosteniendo una carpeta.
—Feliz cumpleaños, hermanita —dijo el primero.
Mariana apenas pudo pronunciar:
—Santiago…
Su hermano la abrazó.
Ella comenzó a llorar de inmediato.
No lloró con elegancia. No pudo. Cuatro años de culpa, miedo y soledad salieron de golpe.
—Perdóname —repetía—. Perdóname por haberte corrido.
—El que tiene que pedir perdón soy yo por haber tardado tanto.
Rodrigo apareció detrás de ella.
—¿Quién demonios eres?
Santiago soltó lentamente a su hermana.
Miró hacia el comedor, luego observó la ropa vieja de Mariana, sus manos maltratadas y el moretón amarillento que todavía tenía cerca del codo.
Su expresión cambió.
—Soy su hermano.
Rodrigo rio nervioso.
—Pues llegaste tarde. Esta es mi casa.
Santiago lo miró fijamente.
—Eso vamos a discutir.
El hombre que lo acompañaba entró y cerró la puerta.
—Él es Daniel, mi socio —dijo Santiago—. Y también es testigo de lo que vamos a hablar.
Rodrigo cruzó los brazos.
—Mariana me regaló este departamento. Hay escrituras.
—Lo sé.
Santiago colocó la carpeta sobre la mesa.
—También sé de tus deudas. Sé del préstamo de cuatrocientos veinte mil pesos que llevas meses sin pagar. Sé que ya hablaste con un corredor para vender este departamento. Y sé que engañaste a mi hermana para conseguir su firma.
Rodrigo perdió el color.
Teresa se levantó.
—¡Eso es mentira!
—Entonces seguramente tampoco les preocupará escuchar esto.
Santiago sacó su teléfono.
Una grabación llenó el comedor.
Era la voz de Rodrigo.
“…le dije que eran papeles del crédito. Ni los leyó. Cuando se dio cuenta de que había firmado la propiedad ya era demasiado tarde…”