“Si no te gusta que te llamemos cerda, vete; esta casa ya es de mi hijo”, dijo mi suegra delante de todos. Después de 3 años de aguantar, saqué mi teléfono pero no llamé a nadie. Justo entonces golpearon la puerta. El hombre que entró dejó una carpeta sobre la mesa y preguntó por qué mi esposo había preparado el fraude cinco meses antes de nuestra boda.

También empezó a comprar ropa que realmente le gustaba.

La primera vez que llegó con un vestido rojo sencillo, Santiago fingió secarse una lágrima.

—Mi hermanita volvió.

—Nunca me fui del todo.

Daniel estaba ahí aquel día.

La miró durante un segundo más de lo habitual.

Mariana lo notó.

Y se puso nerviosa.

Daniel jamás la presionó.

Aparecía con frecuencia porque trabajaba con Santiago. A veces ayudaba con algún trámite. Otras veces simplemente llevaba café.

Una tarde, mientras Santiago estaba fuera de la ciudad, Mariana y Daniel se quedaron conversando en la cocina.

—¿Puedo preguntarte algo? —dijo él.

—Sí.

—¿Cómo soportaste tres años?

Mariana pensó antes de responder.

—Dejando de sentir.

Daniel frunció el ceño.

—¿Cómo?

—Cuando me insultaban, fingía que hablaban de otra persona. Cuando Rodrigo me amenazaba, pensaba en qué iba a cocinar al día siguiente. Cuando lloraba, lo hacía en silencio. Me convencí de que mientras pudiera levantarme para trabajar, todavía estaba bien.

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