Daniel guardó silencio.
—Pero no estaba bien —continuó ella—. Sólo estaba sobreviviendo.
—Y ahora estás viviendo otra vez.
Mariana lo miró.
—Estoy aprendiendo.
Daniel extendió la mano sobre la mesa.
No la tocó inmediatamente.
Esperó.
Mariana fue quien colocó su mano sobre la de él.
Ese pequeño gesto significó más que cualquier declaración.
Semanas después, Daniel la invitó a caminar por un parque.
Hablaron durante horas.
Él le contó sus propios errores, los años en que había creído que la dureza era lo mismo que la fortaleza.
—Santiago hablaba mucho de ti cuando trabajábamos juntos —confesó.
—¿Bien o mal?
—Demasiado bien. Pensaba que inventaba.
Mariana rio.
—Seguro te dijo que yo era maravillosa.
—Decía que eras inteligente, terca, buena y que hacías los peores chilaquiles del mundo.
—Eso sí suena a Santiago.
Daniel sonrió.
Luego se puso serio.