—No quiero apresurarte. Tampoco quiero que sientas que tienes que corresponderme porque ayudé a tu hermano o porque estuve ahí aquella noche.
Mariana lo observó.
—¿Corresponderte qué?
Daniel respiró profundamente.
—Me gustas.
Mariana sintió mariposas en el estómago.
Algo que había creído perdido.
—Mucho —añadió él—. Pero puedo esperar.
Ella apretó su mano.
—Entonces espera conmigo.
La relación creció despacio.
No hubo promesas enormes.
Hubo cafés.
Películas.
Domingos caminando.
Flores sin motivo.
Conversaciones incómodas cuando Mariana tenía miedo.
Una noche, después de que Daniel alzó ligeramente la voz discutiendo por teléfono con un proveedor, Mariana se quedó paralizada.
Él lo notó.
Bajó inmediatamente el tono.
—¿Te asusté?
Mariana quiso decir que no.
Luego decidió no volver a esconder lo que sentía.
—Sí.
Daniel guardó el teléfono.
—Perdón.
No dijo que exageraba.
No se burló.
No intentó tocarla hasta que ella se acercó primero.