Mariana dejó de sonreír.
—Daniel…
Él se arrodilló.
Sacó una pequeña caja.
—No quiero salvarte, Mariana. Porque ya aprendí que tú misma te salvaste. Quiero caminar contigo.
Abrió la caja.
Dentro había un anillo sencillo.
—¿Te quieres casar conmigo?
Mariana comenzó a llorar.
Pero esta vez no eran lágrimas de miedo.
—Sí.
Daniel se levantó y ella lo abrazó.
Cinco minutos después sonó el timbre.
Santiago entró, vio el anillo y levantó los brazos.
—¡Por fin!
Mariana lo miró indignada.
—¿Tú sabías?
—Claro.
—¡Traidor!
—Me pidió mi opinión hace dos meses.
—¿Y qué le dijiste?
Santiago abrazó a su hermana.
—Que no necesitaba mi permiso. Que la única persona que debía decidir eras tú.
Mariana lo abrazó más fuerte.
Aquella noche, sentada en la misma mesa donde un año antes la habían llamado cerdita delante de desconocidos, entendió algo.