—Ve a abrir —ordenó Teresa.
Mariana caminó por el pasillo.
Al abrir, dejó de respirar.
Frente a ella había un hombre alto, de hombros anchos, con algunas canas en las sienes.
A su lado esperaba otro hombre, moreno, de mirada tranquila, sosteniendo una carpeta.
—Feliz cumpleaños, hermanita —dijo el primero.
Mariana apenas pudo pronunciar:
—Santiago…
Su hermano la abrazó.
Ella comenzó a llorar de inmediato.
No lloró con elegancia. No pudo. Cuatro años de culpa, miedo y soledad salieron de golpe.
—Perdóname —repetía—. Perdóname por haberte corrido.
—El que tiene que pedir perdón soy yo por haber tardado tanto.
Rodrigo apareció detrás de ella.
—¿Quién demonios eres?
Santiago soltó lentamente a su hermana.
Miró hacia el comedor, luego observó la ropa vieja de Mariana, sus manos maltratadas y el moretón amarillento que todavía tenía cerca del codo.
Su expresión cambió.