—Hoy es mi cumpleaños.
Teresa levantó una ceja.
—¿Y?
Eso fue todo.
A las siete de la noche, Mariana había preparado botanas, ensalada, carne, arroz, postre y varias jarras de agua fresca.
Los invitados llegaron vestidos para una fiesta que no era para ella.
Mauricio, un hombre de sonrisa desagradable, la observó mientras recogía platos.
—¿Quién es ella?
Rodrigo soltó una carcajada.
—Mi esposa. Aunque parece empleada doméstica, ¿verdad?
Todos rieron.
Mariana sintió una presión en el pecho.
Tres años antes habría respondido.
Ahora simplemente siguió caminando.
Más tarde, Rodrigo ya estaba borracho cuando la sujetó del brazo.
—Ven, cerdita. Hoy, porque estás cumpliendo treinta, te damos permiso de sentarte.
Teresa golpeó la silla junto a ella.
—Ándale. Para que luego no digas que somos malos contigo.
Mariana se sentó.
Entonces alguien llamó a la puerta.
Tres golpes firmes.
El comedor quedó en silencio.