—Te quise —le dije con suavidad—. Pero me dejaste llorarte mientras tú vivías tu vida. Puedo perdonar el pasado sin fingir que no ocurrió.
No prometí volver. Salí despacio.
Lo que hice después
Esa tarde llevé otra rosa blanca al monumento, pero esta vez me quedé con la fotografía. Había pasado demasiado tiempo esperando a alguien que había elegido seguir sin mí. Mi hermana me preguntó qué quería hacer ahora. Sonreí.
—Quiero ver el mar.
A los setenta y seis años entendí algo que me llevó toda una vida aprender: recordar a alguien no significa que debas seguir esperándolo.