Mi padre, Aurelio Montes, tiene ochenta y un años. Pasó cincuenta y tres criando ganado lechero y, desde su operación de cadera, camina con un bastón de nogal. Camila lo adora desde niña: él le enseñó a manejar su vieja camioneta en un campo vacío cuando tenía once años. Lo llamé y le expliqué todo. No criticó a Rodrigo. Solo preguntó: «¿A qué hora tengo que estar, mi niña?».
El miércoles por la noche
El gimnasio estaba lleno de olor a palomitas y serpentinas granate y doradas. Seis jugadoras serían homenajeadas, cada una acompañada por su familia hasta el centro de la cancha, donde recibiría una rosa roja para entregarla a alguien especial. Camila era la cuarta.
No le había dicho nada a Rodrigo. A las 6:12 se abrió la puerta lateral y entró papá con su chaqueta beige de domingo, camisa blanca planchada, zapatos lustrados y su gorra verde. Camila le tomó el brazo. Rodrigo se volvió hacia mí, confundido: «Julia… ¿ese es tu padre?». «Camila le pidió que la acompañara», respondí. No dijo nada más.