El locutor anunció: «¡Número diecisiete, Camila Brandt, acompañada por su abuelo, el señor Aurelio Montes!». Y empezaron a caminar. Bastón. Paso. Paso. La goma del bastón chirriaba sobre la madera. Alguien se levantó en la última fila, luego otra persona, luego toda una sección. En segundos todo el gimnasio estaba de pie, incluso el equipo visitante.
Lo que hizo Rodrigo
A mi lado, Rodrigo no aplaudía. Tenía la mandíbula apretada y los ojos fijos en ellos. Reconocí esa expresión: era la que ponía cuando iba a hacer algo que le daba miedo. Me miró una vez, miró a mi hija y bajó de las gradas.
Cruzó la cancha con sus botas de trabajo. Cuando llegó a unos tres metros del centro, se acercó a Camila por el otro lado y le ofreció su brazo. Ella se detuvo. Respiró hondo. Y le dio la mano libre. El abuelo a un lado, Rodrigo al otro. Bastón. Paso. Paso. Rodrigo ajustó su ritmo al de mi padre.