Así que hice lo único que podía hacer. Por la mañana asistía a clase. Por la tarde trabajaba en una farmacia. Tres noches por semana limpiaba las oficinas de una compañía de seguros. Aprendía farmacología con olor a lejía en las manos y repasaba mis apuntes mientras calentaba un biberón.
—No tienes que demostrarle nada a nadie —me decía Clara, mi compañera.
—A nadie —respondía yo—. Solo a Mateo, cuando algún día me pregunte por qué no me rendí.
En el último examen, mi hijo tuvo fiebre y pasé la noche sentada junto a su cama en urgencias. Escribí una respuesta con una mano mientras con la otra le sostenía los dedos. No pedí una prórroga. No pedí compasión. Entregué el examen a las ocho y siete de la mañana.
Ahora, en el auditorio, una voluntaria se acercó corriendo.