Miré la fórmula escrita en mi letra, con una mancha de leche en una esquina.
—La cederé al programa de clínicas rurales —respondí—. Pero habrá una condición.
—¿Cuál?
—Cada centro que la use tendrá una sala donde las madres puedan estudiar, descansar o alimentar a sus hijos sin que nadie las eche.
Inés sonrió.
—Eso sí suena a ti.
No quise quedarme con el dinero de ConservaMed. El consejo acordó convertirlo en un fondo para estudiantes con hijos, administrado por una comisión en la que estarían Inés, Clara y dos alumnas elegidas por votación. El dinero que Salcedo había apartado para sí pagaría becas, guarderías y transporte nocturno.
Julián Varela entregó su declaración completa y renunció a la empresa. No lo perdoné, pero su testimonio impidió que el proyecto desapareciera detrás de otro nombre.
Elena volvió una semana después con una lista de diecisiete mujeres. Había hablado con cada una. Algunas la insultaron. Una le cerró el teléfono. Otra le dijo que todavía no podía perdonarla.